El angosto habitáculo resultaba asfixiante, tétrico y totalmente
desmoralizador. Cualquiera que entrase, tenía claro cuál sería su fin. Las muescas de las paredes denotaban la presencia de una o varias personas durante al menos un mes, según llegué a contabilizar. La habitación solo disponía de una ventana, donde se podía vislumbrar la luna gitana que por las noches iluminaba con su magia Granada. Una mesa, una silla y una cama, resultaban ser todo el mobiliario del que disponía.
Al parecer no estaba solo, pues el joven carcelero falangista, una vez me encerró, me aconsejó no acercarme mucho a mi compañero de penurias. Es un maricón, me dijo. Cierto es que había oído hablar de esa gente. Me resultaba un tanto escrupuloso, pero lo aceptaba y respetaba. Para eso vivíamos en un país libre, aunque por poco tiempo. El extraño personaje, salió de entre las sombras y con gesto afable y honesto me dirigió la palabra.
- No tengas miedo, no voy a hacerte nada. Hace mucho tiempo que no hago nada
Tranquilo – acerté a contestar.- en estos momentos se agradece algo de compañía.
- Muy cierto.
A la luz de la luna pude adivinar algunas de sus facciones, que su rostro
reflejaba. Tenía las cejas arqueadas y pobladas. Un puntiagudo y fuerte mentón remataba su larga y estilizada faz, y poseía unos labios pequeños y muy expresivos. Aquel hombre, no sobrepasaría los cuarenta años.
- Escucha, ¿puedo preguntarte tu nombre? - llegué a decirle, sin estar seguro de obtener respuesta.
- Qué más da ahora – contestó mi anónimo acompañante.- No somos nada en la vida. Sólo polvo y ceniza. Ayer eres libre y respetado y hoy… hoy eres escoria, elemento deplorable de una sociedad autoritaria y opresora.
- Somos dos entonces -respondí-, sólo la piedad del altísimo podrá sacarnos de este embrollo.
- ¿El altísimo? – se extrañó.- Dios está con ellos. Las magníficas torres de la catedral de Burgos rinden pleitesía a los fascistas. Los requetés navarros combaten del lado de los sublevados, instigados por Gomá y su camarilla de ricos monaguillos, sin mencionar a otros como Del Pulgar, por ejemplo.
Aquel rotundo juicio, que mi acompañante hizo sobre la posición de la Iglesia frente al conflicto no me sorprendió. Continuamente tenía que lidiar con los soldados anarquistas o comunistas, en el frente, con el fin de que respetaran mis profundas creencias católicas, que, al menos en mí, no entraban en conflicto con mis convicciones socialistas. Mi nuevo amigo, quizás el último, prosiguió.
- Dime, ¿Cómo te pillaron? – preguntó con gran interés.
- Es una historia larga de contar – contesté, sin muchas ganar de narrar
mi corto periplo bélico.
- Tenemos todo el tiempo del mundo.
- Si insistes – y comencé mi relato.- El día 18 de julio, hacía un calor de
mil demonios. Estaba en el campo, trabajando en lo poco que tengo sembrado en la huerta. Se escucharon disparos en el pueblo, monté en el borrico y fui a ver qué pasaba. Cuando llegué todo era un alboroto. Al cura le habían atado a un palo, y de uno en uno, comunistas y anarquistas le insultaban y pegaban. Era increíble, pero la Guardia Civil y la Guardia de Asalto lo permitían.
- Me olvidé de aquello y fui derechito hacia mi casa, la cual encontré entera, para mi alivio. Sole, mi mujer estaba llorando. Habían detenido a su hermano. Este era un hideputa de la CEDA, se lo tenía bien merecido – una lágrima recorrió mi mejilla al recordar a Sole. Su pelo, su mirada, esos labios que me dedicaban una cálida sonrisa cada vez que llegaba a casa. Solo el hecho de pensar que no volvería a verla hizo que se me encogiera el corazón.
- Días más tarde, una camioneta paró en la plaza. Repartía carabinas, pistolas y escopetas, y nos ofrecía la oportunidad de combatir en el frente. No lo dudé y me apunté. Nos mandaron a Granada para librarla de los rebeldes. No hubo manera, aquello fue una matanza. Conseguí salir de aquel barullo de balas, obuses y ruido, y tras correr y correr, alcancé a ver una pequeña casa, al lado de un olivar. Me acerqué con miedo. La puerta era de un color amarillento, seguramente de madera de pino. La pequeña chabola estaba construida de ladrillo, el encalado de las paredes se estaba perdiendo. Una densa enredadera cubría buena parte de la entrada.
- Llamé a la puerta y no hallé respuesta alguna. Empujé la puerta. Apenas esta se abrió un perdigonazo de escopeta rozó mi brazo y fue a perderse a la pared, dejando un negro y pequeño agujero. La sangre comenzó a salir y arrodillándome supliqué que no me matara. Para mi sorpresa, cuando la puerta se abrió del todo, apareció ante mí una mujer. Vestía un pantalón de color negro y una camiseta blanca. Llevaba el gorro isabelino cenetista. Aquella mujer poseía la gracia y la figura propias de Andalucía. Era morena, de ojos negros y cara pálida. Recuerdo que me preguntó mi nombre, mas el tremendo dolor, producido por aquel perdigonazo hizo que me desmayara.
- No recuerdo, el tiempo que pasé allí, quizás horas o días, tan sólo sé que el puño de un capitán faccioso fue lo único que me despertó. Aquella mujer yacía muerta, sobre un gran charco de sangre. Fuera de la casa, tumbados boca arriba, se encontraban los cuerpos de dos soldados enemigos. Aquella anónima heroína murió con las botas puestas.
- El resto de la historia ya la sabes, tras días de aislamiento y palos, me trajeron aquí.
Se escucharon ruidos de cerrojos, de caminar marcial. Gritos y súplicas se mezclaban con los insultos y los golpes de los guardias. Una larga e interminable lista, anunciaba a los reos allí presentes, cuál sería su aciago destino.
Mi compañero sacó un trozo viejo de papel y un lápiz. Comenzó a escribir. La larga fila de personas desfilaba enfrente de nosotros, las cabezas cabizbajas, reflejaban resignación y pena. Algunas otras indignación y rabia. Síntomas todos de la desesperación y de la impotencia, de la incredulidad y de la angustia llevadas al extremo.
La “saca” terminó. El joven carcelero que me había conducido hacía aquel habitáculo, se detuvo delante de nosotros. Nos miró. Señaló a mi compañero y rápidamente un compañero suyo abrió la puerta y lo cogió. Este se fue guiñándome un ojo entregándome aquel papel que había escrito antes. El papel contenía la siguiente nota.
“Gracias. Estos últimos momentos, han servido para darme cuenta de muchas cosas. Te agradezco tu relato. Asegúrate de que tu historia no quede en el olvido y que todo esto se sepa. Te dedico estos últimos versos que en vida escribo:
Libertad, tan veloz viniste
Y tan pronto te has de marchar
Sueños y esperanzas sin resolver dejarás
El terror contigo, poco a poco acabará.
No hace mucho feliz te encontrabas
Y ahora en dura guerra, tus hijos se hallan
La tierra clama, llora, aúlla y extraña
Qué hicimos contigo, querida España”
¡Viva la Libertad!
Federico.